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Movimiento de Schönstatt - Santuario de Campanario - Santiago - Chile
Juventud Masculina Universitaria

Schönstatt y Chile tienen nuevo cardenal (23.02.01)

El miércoles 21 de febrero el Papa Juan Pablo II creó más de cuarenta nuevos cardenales para el mundo, entre los que se encuentra nuestro arzobispo de Santiago, Monseñor Francisco Javier Errázuriz. Es así como monseñor se convierte en el segundo cardenal schönstattiano y en el sexto chileno. Asistieron a la ceremonia muchos schönstattianos, entre ellos los padres Joaquín Allende, Sidney Fones y Monseñor Camilo Vial, el rector de la UC, Pedro Rosso, y seminaristas como Miguel Kast.

Aquí les presentamos una interesantísima entrevista que se le hizo a nuestro cardenal para La Segunda, donde da testimonio de su paso por Schönstatt y la relación del movimiento con la Iglesia.

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Dos puntas de un mismo camino: desde el Movimiento cuestionado, a Cardenal de la Iglesia

Miércoles 21 de febrero

Recuerdos de las conversaciones con el fundador de Schoenstatt y del momento - más impresionante para mí- en que estuvo en la sala de la Congregación para la Doctrina de la Fe, donde se discutía sobre el fundador de Schoenstatt. En esa Congregación, el P. Sebastián Tromp era su principal acusador. Su gran defensor era el que fue después el Cardenal Agustín Bea.

Se ha dado la paradoja de que una pequeña provincia chilena de los Padres de Schoenstatt ha tenido la responsabilidad de impulsar la fundación del Movimiento de Schoenstatt en el Viejo Continente.

Percibo la mano providente de Dios que ha tomado el timón de mi vida

Por primera vez, así públicamente, el Cardenal Errázuriz se detiene a hacer recuerdos del inicio de su vocación cuando abandonó una promisoria carrera profesional. Era, entonces, el fin de la década de los 40 y principios de los 50, había egresado del Colegio Alemán de Santiago y estudiaba ingeniería en la Universidad Católica, donde participa en el centro de alumnos de su escuela y en la Federación de Estudiantes. En esos mismos años descubre una espiritualidad que le da otra dimensión a su vida.

- Ud., incluso, siguió la vocación de entregar la vida al servicio de la Iglesia en un movimiento apostólico que en esos años era cuestionado por ella misma. Ahora, siendo miembro de Schoenstatt, es creado cardenal. ¿Cómo ha sido vivir esas dos puntas del mismo camino?

- Es cierto de que algunos movimientos apostólicos son cuestionados por la Jerarquía en sus primeros años. Esto puede ocurrir por distintas razones. Existe al comienzo un entusiasmo, que puede ser desbordante, y subrayar de modo exagerado el aporte del propio carisma para la Iglesia y para la renovación del mundo. También, en otros casos, porque la Jerarquía tarda en comprender un carisma nuevo en la Iglesia. Ella no procede de manera superficial ni acelerada. Todo lo que es muy nuevo, causa asombro y a veces desconcierto.

También hay cosas nuevas en la Iglesia que, tratando de dar solución a problemas reales, se desorbitan y terminan alejándose de la verdad o rompiendo la comunión. La Iglesia tiene que hacer ese discernimiento y saber si está ante una realidad nueva que es obra del Espíritu Santo, la cual puede ser ya una realidad madura, o una realidad de vitalidad en su fase desbordante del inicio, o si está ante un hecho que amenaza de algún modo su unidad o su doctrina. Es cierto que los primeros grupos de personas que ingresaron a Schoenstatt en Chile se enriquecieron con un impulso de fe y de vida cristiana extraordinario. También es cierto que sufrieron una crisis de los asesores del Movimiento en nuestra patria. Vino entonces el discernimiento que hizo la Jerarquía del carisma fundacional. Pero, desde hace muchos años, la actitud de la Iglesia frente a Schoenstatt ha sido de una gran valoración. Así el fundador pudo guiar la obra directamente durante sus últimos años. Así las comunidades de Schoenstatt recibieron la aprobación pontificia. Y hay muchos otros signos de aprecio que hemos recibido del Santo Padre.

Tal vez el momento más impresionante para mí fue esa primera vez que estuve en la sala de la Congregación para la Doctrina de la Fe, en la cual se discutía sobre el fundador de Schoenstatt. En esa asamblea, el P. Sebastián Tromp era su principal acusador. Su gran defensor era el que fue después el Cardenal Agustín Bea. Allí fui invitado a participar como consultor, por el hecho de ser Secretario de la Congregación para los Religiosos.

- Y de esas conversaciones que sostuvo con el fundador de Schoenstatt, el Padre José Kentenich, cuando lo visitó el año 1962 en Milwaukee, Estados Unidos, estando él en el exilio y siendo usted un sacerdote recién ordenado, ¿qué recuerda especialmente hoy?

- Son muchos los temas que conversamos y en los cuales he reflexionado en las últimas semanas. El fundador nos enseñaba a dejarnos guiar por la Providencia Divina, viendo en las distintas circunstancias puertas abiertas, por las cuales Dios nos invita a pasar hacia adelante. Con esa disposición ahora recorro muchos momentos de mi vida, y percibo la mano providente de Dios que ha tomado el timón de mi vida. Todo esto, sin que pueda presumir de grandes condiciones personales.

Otra enseñanza muy enriquecedora del P. Kentenich fue su visión de la Iglesia - que es obra del Espíritu Santo y camino de santidad, a pesar de todas sus flaquezas humanas- y de la renovación posterior al Concilio. El me mostró la Iglesia como una gran familia de Dios, en la cual existen muchas vocaciones y misiones personales, que Dios mismo ha regalado a sus miembros. La experiencia que he tenido de la Iglesia Universal, de conocer a tantos Obispos y Cardenales, me confirma esa acción de Dios a través de personas. También he tenido muy presente en estas semanas la relación de nuestro fundador con la Santísima Virgen. Además, una y otra vez recordé a mi fundador en su talante como educador de la fe, mediante una pedagogía en la cual existe un amplio espacio para la libertad, la magnanimidad, la confianza y la esperanza; asimismo para la dignidad del ser humano ennoblecido por Cristo, que se expresa en muchas formas comunitarias y sociales. Un tal proyecto pastoral está latente en la Iglesia de nuestros días, y cuenta con el aprecio del Santo Padre.

- ¿Ya entonces se gestó la decisión de que Schoenstatt fuera a España, como una paradoja de la historia, a hacer apostolado desde América a Europa?

- Al término de la Segunda Guerra Mundial el P. José Kentenich visitó las primeras comunidades de Schoenstatt que habían surgido en Brasil, en Uruguay, en Argentina y en Chile, y tuvo la percepción de que el catolicismo en algunas regiones de Europa no tenía ni la fuerza ni la vitalidad como para superar el espíritu secularista que estaba invadiendo al Viejo Continente. Ya en el año 1949, nos reveló en Chile su sueño de una corriente de retorno de la vida cristiana y del pensar católico desde estas tierras a ciertas regiones de Europa. El mismo pensó que España podría ser un buen aliado en ese esfuerzo misionero. Nos pidió que asumiéramos la fundación en ese país, además de Portugal, que ya habíamos iniciado. Es cierto, se ha dado la paradoja de que una pequeña provincia chilena de los Padres de Schoenstatt ha tenido la responsabilidad de impulsar la fundación del Movimiento del Schoenstatt en el viejo Continente, en Ecuador, en Colombia y en México, y de colaborar además en diversos otros países para que ello ocurriera.